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The Balkans 1804-2012

Misha Glenny

Nationalism, War and the Great Powers

Historia
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Congreso de Berlin. 1878. Liderado por Bismark y donde participaron todas las grandes potencias para definir el mapa politico de los Balcanes.

Antes de viajar a Dalmacia este verano me busqué algunos libros que pudieran orientarme en la historia reciente de la zona. Como me imagino que a muchos, la historia de los Balcanes y su influencia en el devenir de Europa siempre me ha parecido tremendamente liosa. La confluencia del Imperio otomano, los eslavos prorrusos, los croatas prohúngaros, los dálmatas venecianos y proaustriacos, los griegos y los eslovenos —todos ellos confinados en un espacio pequeño y estratégico para todas las potencias— me había creado una confusión mental. Confusión que aumentaba cuando intentaba entender cómo había quedado Bosnia-Herzegovina después de la guerra. Y el conflicto de Kosovo (con su asterisco en el nombre. Sí. Un país con un nombre con asterisco y nota a pie de página).

En fin, de todos los libros y artículos que leí u ojeé, este es sin duda el que más me ha gustado, por su claridad, facilidad de lectura y, a la vez, profundidad, tocando todos los temas. Ya advierto que son más de 700 páginas llenas de historias y de datos. Pero es difícil entender ni siquiera un poquito de la historia reciente si uno no se retrotrae al menos a principios del siglo XIX. El libro te permite seguir varios hilos simultáneos desde Zagreb hasta Atenas. Todos entrelazados. Me he pasado el verano de 2026 leyéndolo y no me arrepiento.

Me quedan una serie de cosas en la cabeza después de la lectura. La primera es la imagen más cruda y terrible del nacionalismo. Todos los demás nacionalismos del mundo son pequeños principiantes comparados con lo que nos encontramos condensado en esa región del mundo. Y mi aversión al mismo no ha hecho más que crecer y confirmarse. Casi todas las cosas de los nacionalismos que conocemos se han inventado allí y se han llevado a los extremos más exagerados. Las dos dictaduras yugoslavas fueron un intento de mantenerlos atados por la fuerza. Y uno termina el libro con la sensación de que lo que tenemos ahora está cogido con alfileres y podría saltar en cualquier momento.

Tardé un buen tiempo en entender la diferencia entre un serbio y un croata. Misma etnia, misma lengua (por supuesto, con diferenciaciones artificiales de palabras para “distinguirse” unos de otros, incluso forzando a los serbios al uso del alfabeto cirílico). La única diferencia es la religión. Ambas religiones cristianas: ortodoxos y católicos. Uno podría pensar que, con esa pequeña diferencia, sería más fácil entenderse entre sí e incluso organizarse frente a un enemigo común como el otomano. Pero no. El veneno del nacionalismo los ha llevado a enfrentarse en montones de sitios donde convivían. (Después uno se acuerda de Irlanda del Norte. Católicos frente a protestantes. Y es lo mismo).

La segunda, y ya llegando al final del libro, es que entendí por fin la situación de Bosnia-Herzegovina después de los acuerdos de Dayton. Y me maravillé de que aún siguiera en pie. Es kafkiana y no apostaría nada por su continuidad en el futuro. Un país troceado con múltiples administraciones diferenciadas para contentar a croato-bosnios, serbo-bosnios y musulmanes.

La tercera es entender una de las tesis centrales de Misha Glenny en este libro: que la inestabilidad balcánica rara vez fue un fenómeno endógeno y aislado; casi siempre funcionó como catalizador o campo de fricción de la geopolítica mundial, donde los errores de cálculo y las intervenciones interesadas de las grandes potencias acabaron alterando el equilibrio de poder global. Durante siglos la estabilidad de las grandes potencias europeas y africanas ha dependido de lo que allí sucedía. La interacción de los Balcanes con las grandes potencias es una parte importante del libro. El ejemplo que todos conocemos es el estallido de la Primera Guerra Mundial, escenificado en la capital de Bosnia y Herzegovina (Sarajevo), consecuencia del entramado nacionalista y religioso de la zona y de su impacto en el Imperio austrohúngaro (ver también los primeros capítulos de The Sleepwalkers).

Pero hay muchos más. Por ejemplo, la guerra de independencia griega contra el Imperio otomano (1821-1830) rompió en la práctica con la Santa Alianza salida del Congreso de Viena, que obligaba a las potencias europeas a confabularse contra cualquier intento nacionalista o revolucionario. (Nuestros Cien Mil Hijos de San Luis y la batalla del Trocadero habían sido consecuencia de ello). A partir de la independencia de Grecia, las potencias europeas justifican el apoyo a movimientos revolucionarios o nacionalistas por motivos de interés geopolítico. Mas tarde en 1878 estuvo a punto de saltar un conflicto serio entre Rusia y Gran Bretaña por el reparto de las zonas conquistadas a los otomanos en los Balcanes. Bismark tuvo que convocar el Congreso de Berlin para poner orden y en dicho congreso se definieron las fronteras de los nuevos estados balcánicos. Una zona que casi ninguno de los presentes en el congreso ni siquiera conocía.

Quizá más cercano es el impacto de la declaración unilateral de independencia de Kosovo en 2008. Representó una de las fracturas dogmáticas más profundas en el derecho internacional público y la seguridad europea desde el final de la Guerra Fría. Para sortear las restricciones del derecho internacional tradicional, las potencias occidentales acuñaron y promovieron una tesis específica que, lejos de contener el problema, acabó abriendo una caja de Pandora geopolítica que ha sido instrumentalizada sistemáticamente por otros actores internacionales. Se argumentó que, cuando hay una opresión violenta sobre una minoría de un país, esta tiene derecho a declarar unilateralmente la independencia, rompiendo el principio de integridad territorial consagrado en los acuerdos de Helsinki. Este argumento lo han usado y lo siguen usando múltiples territorios con aspiraciones nacionalistas de secesión, y grandes potencias que lo apoyan. Pueden argumentar “opresión” desde los chechenos hasta los catalanes. El Estado de Kosovo no es reconocido por múltiples países de distinto signo, y lo único que los une es tener en su propio territorio tendencias nacionalistas secesionistas que se apoyan en ese ejemplo para justificar su derecho a una independencia unilateral. Entre ellos está España (junto con otros estados de la UE), que no reconoce al Estado independiente de Kosovo. Y de ahí el asterisco con el que oficialmente se refieren a él en la Unión Europea. (Este es un ejercicio de cuadratura del círculo diplomático digno de conocer. Hasta dónde pueden llegar los diplomáticos europeos para solucionar lo imposible dejando a todos contentos, pero sin solucionar el problema de fondo. Una revisión sencilla de lo que es y lo que significa se puede leer aquí).

Y la cuarta y última es el descubrimiento de sitios y cosas que parecen querer escaparse de este marasmo de la historia nacionalista de la zona. Por ejemplo, la historia de los partisanos de Tito, donde serbios, croatas y musulmanes lucharon conjuntamente contra los nazis, la Ustaša (croatas) y los četniks (serbios). Pero mi descubrimiento particular ha sido la república de Ragusa, que merece una lectura aparte. Una república muy liberal y comerciante que se mantuvo independiente de Venecia, de los otomanos y de los serbocroatas durante siglos. Y que solo vino a estropear Napoleón a principios del XIX. Dubrovnik era la antigua Ragusa y aún hoy mantiene su personalidad única en ese avispero.